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La novela VALLEJO EN LOS INFIERNOS es distribuida en el Perú por las librerías CRISOL Mi homenaje a Vallejo a los setenta años de su muerte es un libro que quería escribir desde que tenía 17 años, y que por fin he publicado. VALLEJO EN LOS INFIERNOS es la primera novela que se escribe sobre la vida de nuestro poeta. En el fragmento que sigue, el autor de “Trilce” va a ser capturado.
Por Eduardo González Viaña
Fragmento de la novela “Vallejo en los infiernos”
Fue recibido por un criado que le enseñó la habitación que le estaba reservada y abrió para él un ropero de cedro. Después, lo llevó a conocer la casa
-La señora está fuera, pero llegará a mediodía. Las niñas volverán del colegio por la tarde. El doctor Ciudad viene a la una. Me pidió que lo atendiera y que le ofrezca lo que usted necesite. El doctor piensa que tal vez a usted le gustará pasar un tiempo en la biblioteca.
El primer patio estaba empedrado. En el segundo, había una fuente y un bebedero para caballos. Atravesaron el comedor principal, y Vallejo pudo advertir que la mesa de caoba tenía patas de garra de león. La sala principal ostentaba un mobiliario del siglo XIX. Era una típica casa colonial trujillana.
El poeta se quedó en la biblioteca aislado por completo del resto de la casa. A la una de la tarde, escuchó los pasos de su anfitrión.
-César, está usted en su casa.
Andrés Ciudad había pasado la mañana entre la Corte Superior de Justicia y su oficina jurídica atendiendo diversos asuntos de esa índole.
Vallejo comenzó a disculparse, y dijo que no quería causar incomodidades.
-Recuerde, César, que soy yo quien lo ha invitado a venir. Era usted el mejor amigo de mi hermano cuya memoria defiendo cuando lo patrocino a usted. Además, no va a estar mucho tiempo. Ya verá que en una semana conseguimos que se levante la orden de detención.
Conversaron un rato. A la una y media, entraron al comedor donde los esperaba la esposa del Ciudad. Fue un almuerzo breve.
Al final, dijo la señora Ciudad:
-César, para nosotros es un honor tenerlo en casa. Para mis hijas, será una inmensa alegría. Quieren conocer a un poeta… A un gran poeta… Ellas han organizado un lonche en su honor. A pesar de que será solamente entre nosotros, nos han exigido vestirnos como para un banquete. Caballeros, los dejo solos. Recuerden que a las seis nos vemos en el comedor.
Transcurrió la tarde. A las seis, entró Vallejo en el comedor. Vestía todo de negro. Su camisa blanca tenía puño doble. Saludó a las niñas. Elisa, la menor, corrió hasta el jardín y allí cortó una rosa blanca. Avanzó hacia él y se empinó para ponérsela en el ojal.
-A usted le queda muy bien.
César se sintió feliz y pensó que esta escena se repetía. Así exactamente y con una rosa del mismo color en la solapa vestía en la foto que se tomara con sus amigos en el agasajo al poeta Parra del Riego. Tuvo la corazonada de que la rosa blanca iba a aparecer muchas veces en su vida.
El abogado y su familia usaron ese día solamente una delgada puerta falsa que daba a la calle Independencia. Nadie más que Vallejo entró ni salió por la puerta de San Martín durante todo el día, y sólo los vientos de noviembre con sus aullidos pugnaban por colarse. Las ventanas de la casona estaban guarecidas por rejas de hierro forjado. Dos pétreas columnas daban marco a la puerta. El tallado y el decorado eran barrocos, y la madera procedía de Nicaragua. Era una entrada colmada de esplendor y provista de dos aldabones coloniales que terminaban en una pequeña sirena de bronce. La casona había pertenecido al arzobispo Juan Benedicto Mora en el siglo XVII y, en aquella época, bastaba asirse a uno de los aldabones para gozar del derecho de asilo. En el siglo XIX, había sido el centro del poder insurgente cuando el Libertador Simón Bolívar estableció en ella su cuartel general. Ese día, después de que ingresara Vallejo, no se iba abrir a nadie, y no se abrió. Además, nadie pidió entrar. Aquella arquitectura era imagen del poder y la seguridad. La soberbia puerta barroca permaneció cerrada hasta las 6 de la tarde en que, sin tocar los aldabones, nueve gendarmes comenzaron a dar golpes de comba sobre la colosal madera hasta que la derrumbaron, e irrumpieron a balazos mientras preguntaban a gritos:
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